Allá en 2006, Guillermo Del Toro mostraría al mundo con "El laberinto del fauno", como los cuentos y las pesadillas estaban separados por una invisible línea de la realidad misma, restando para el eterno imaginario del cine, todos y cada uno de los personajes, así como de las numerosas escenas que construyen esta maravilla de la fantasía más oscura.
Y como un personaje más, avanza junto a cada fotograma está preciosa composición de Javier Navarrete, que ya acompañara a Del Toro en la juguetona" El espinazo del diablo", aunque de una manera bastante dispar a la que nos encontramos analizando ahora. El compositor aragonés, cada vez más internacional sobretodo en beneficio de Hollywood, véase con sus partituras de "Luciérnagas en el jardín", "Ira de titanes" o "Byzantium", demuestra en esta inmersiva banda sonora todo lo emocional que lleva dentro, viajando desde la introducción a modo de cuento de la pista "hace mucho, mucho tiempo", donde una nana susurrada a modo de repicar trágico, se eleva más allá del imaginario que el espectador pueda estar esperando tras esas pequeñas notas. Se trata de un tema que se recrea en varias partes de la película y que no nos abandona, así como nosotros no dejamos ir a la niña protagonista Ofelia de entre nuestro cálido abrazo sobreprotector.
Este tema, que se nos plantea mediante un piano con reminiscencias del "Claro de Luna" de L.W. Beethoven, recuerda a aquella ventana abierta que iniciara las bellas notas de "Cinema Paradiso" del maestro Morriconne, puesto que nos atrapa cual viento templado de una noche de verano, invitándonos a pasar hacia dentro de él, siempre que nosotros estemos dispuestos a correr ese riesgo. Nos encontramos aquí con una película que. si bien pudiere ser calificada, de tramposa o sorpresiva debido a su giro final, sin embargo musicalmente nos avisa a cada momento a ser partícipe de ese misterioso mundo mágico, rozando con sus graves violoncellos mezclándose en el violinaje de la melodía principal. El conjunto orquestral es magnífico así como el vaivén de acompasado vals que se impregnará en nuestra retina más allá de las letras finales de la historia.
El fauno, las hadas, los seres que hay tras el camino que lleva al laberinto son simples reflejos de nuestros propios miedos, del bagaje que estamos o no dispuestos a soportar en la vida, y de afrontarlos o no, dependerá siempre la meta de nuestra felicidad. Navarrete lo sabe, y juega con esas notas tan bien hilvanadas, tirando hacia nosotros esos coros que absorven totalmente aquel lamento de la nana, transmitiéndonos extraña paz, melancólica calma,y amarga tristeza. Claudica a la emoción, que es sin duda el arpeggio que lleva quemado en la piel esta creación.